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Mujer de Fe - Padre Ignacio Larrañaga

El concilio dice que María avanzó en la peregrinación de la fe. María fue pues, también ella peregrina, caminante, que recorrió los caminos de la vida con las típicas características de toda peregrinación: oscuridad, confusión, perplejidad, miedos, fatigas, sorpresas… y sobre todo muchos interrogantes: ¿cómo se enteró Herodes del nacimiento de este niño? ¿Por qué intenta aniquilarlo? ¿Hasta cuándo tendremos que estar en Egipto? ¿Hasta que se te diga otra cosa? Este niño perdido en el templo ¿lo encontraremos alguna vez? Y este desastre del calvario, horror de horrores, Dios mío, ¿qué significa esto? No veo nada. ¿Dónde está Dios?...

Interrogantes, interrogantes… ¿qué hará la Madre ante este terrible silencio? ¿Espantarse? No. ¿Desesperarse? No.

En tres oportunidades presentan los evangelistas a la Madre meditando en su corazón, confrontando las palabras antiguas con los hechos recientes y dolientes y buscando el rostro de Dios entre silencios, penumbras y oscuridades.

Ahora bien, el que busca, camina, y la Madre fue caminante porque buscaba… Y buscaba porque no sabía todo. Si la Madre hubiese estado en conocimiento de cuanto nosotros sabemos no habría necesitado buscar. Buscaba porque no se le dieron hechas las cosas. Ella misma tenía que guardar cuidadosamente los acontecimientos y las palabras, y luego tenía que meditarlas diligentemente en su corazón, ponderándolas, dándole vueltas en su mente. Hizo pues, el camino de la vida como nosotros, buscando los designios de Dios entre confusas contrariedades de la vida. Ahora, el que busca, camina; por consiguiente, ¿no es cierto que la Madre desde pequeñita supiera por revelaciones infusas todo cuanto nosotros sabemos acerca de la historia de la salvación o acerca de la naturaleza trascendente del hijo de sus entrañas? Mucha gente no siente simpatía por una mujer aureolada, mágica, tan distante de nuestra pobre condición humana. La colocaron tan lejos, allá en el azul del firmamento, coronada de estrellas, la luna debajo sus pies, rodeada de ángeles y arcángeles, misiones y revelaciones, revestida de una mágica mitología, como si se tratara de una semidiosa… Mucha gente no siente simpatía por una mujer que de entrada ni siquiera es mujer.


Tenemos que decir desde un primer momento que la Madre no fue nada de eso. Fue una mujer humilde de un pueblo subdesarrollado, madre de un obrero y esposa de un obrero. Mujer que para comer un pedazo de pan necesita tener dos piedras para batirlas una contra la otra y así moler rudimentariamente aquel trigo; luego tiene que tomar un cántaro sobre su cabeza, ir a la fuente de Nazaret, traer el agua para amasar aquella harina y luego tiene que subir a los cerros ella solita y con sus manos cortar ramas y arbustos y cargar todo eso a hombros, acarrearlos a la casa mientras se preocupa de cuidar unos cabritos, dar de comer a unas gallinas. Eso fue la vida de la Madre, nada de princesa de manos delicadas y finas, no va por ahí la grandeza de la Madre. Nunca fue una soberana, fue una servidora de Dios y de sus hermanos. Nunca fue una semidiosa, fue una mujer de fe y una pobre de Dios. Nunca fue una meta deslumbrante a la cual se dirigen las miradas de la humanidad. Fue un camino silencioso que silenciosamente va conduciendo a las personas hacia el espíritu de las bienaventuranzas. Nunca fue la todopoderosa, fue una intercesora y por cierto, bien humilde y moderada como la vemos en las bodas de Caná.

Los documentos conciliares presentan a María como peregrina de la fe y yo agrego: fue peregrina de la fe porque no sabía todo.

Aquel día, el anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, se aproximó a la Madre le arrebató de sus brazos al bebé y mirando al pueblo dice: "Adoradores de Yahvé, peregrinos de Israel: aquí está el esperado de Israel. Puedo morir en paz porque las expectativas de mi corazón se han cumplido. He aquí la luz que iluminará por encima de todos los imperios. Bandera de contradicción. En torno de esta criatura habrá muerte y vida, destrucción y restauración; y tú, mujer, prepárate, porque también para Ti existe una espada…"

Palabras misteriosas… ¿Cuál fue la reacción de la Madre? La Madre quedó admirada – dice el Evangelio-. Estaba admirada, señal de que algo importante ignoraba de aquel hijo de sus entrañas porque la admiración es una reacción de sorpresa ante algo imprevisto, desconocido o ignorado; señal evidente de que la Madre no sabía todo lo que nosotros sabemos acerca de aquel hijo de sus entrañas. No se le dieron hechas las cosas. Ella tuvo que guardar cuidadosamente en su corazón los hechos y las cosas, ponderarlas, meditarlas y así buscar los designios del Señor igualmente que nosotros porque el que busca, camina en la fe.

En otra oportunidad el evangelista dice que la Madre no entendió nada. En la caravana de los hombres no estaba el niño, en la caravana de las mujeres no estaba el niño, lo habían perdido. Imagínense la situación de una madre (¡y qué madre!) que pierde un hijo (¡y qué hijo!) Lo primero que se le clava en el corazón a una madre en estas circunstancias es la espada de la incertidumbre. ¿Estará vivo? ¿Lo habrán secuestrado? ¿Lo encontraremos alguna vez? ¿Qué ha pasado? La Madre tomó la primera caravana y regresó a Jerusalén y anduvo buscándolo angustiosamente durante tres días. ¿Creen ustedes que la Madre se alimentó convenientemente durante esos días? ¿Creen ustedes que descansó suficientemente en esas noches? ¿Creen ustedes que desapareció de su alma aquella espada de la incertidumbre? Ahí tienen a la Madre, perdida entre las multitudes, entre las caravanas que entran y salen del templo... mirando ansiosamente por aquí y por allí, recorriendo todos los rincones, todos los atrios del Templo, preguntando a los sacerdotes… y nada.

Luego se lanza a las calles repletas de gentes, recorre las plazas, camina dentro de las murallas, fuera de las murallas… y nada. Vuelve al Templo, mira, pregunta una y otra vez, recorre los mismos lugares innumerables veces preguntando ansiosamente y todo inútil. Pasaron tantas horas… Pasó el día y cayó la noche… Ya se pueden imaginar la noche que cayó sobre el alma de la Madre. ¿Creen ustedes que la Madre descansó suficientemente en esa noche? ¿Quién de ustedes puede decirme el grado de angustia e incertidumbre que marcaba el termómetro de la Madre? Y Dios, como de costumbre, en silencio, y la Madre, como de costumbre abandonada a su condición normal, peregrina dolorosa, la que busca y no encuentra, metida en la encrucijada de una densa y terrible oscuridad, como si las cosas sucedieran por azar, como si todo sucediera por la fatalidad ciega de la historia, como si detrás de los hechos no hubiese una mano providente, una mente rectora. La noche oscura de la fe. Igual que nuestra vida: todo marchaba normal, cuando de repente cae una cadena de tribulaciones, traiciones de personas que nunca hubiésemos imaginado, incomprensiones de los mismos familiares, accidentes de carretera en que desaparece toda una familia, la muerte que nos arrebata al ser más querido de la familia, catástrofes financieras, calumnias, medias verdades… He ahí la noche oscura de la fe, envueltos en el silencio de Dios. ¿Quién se libra a lo largo de la vida de estos terribles momentos?



Y la Madre, después de tres días de ansiosa búsqueda, por fin lo encontró. ¿Creen ustedes que la Madre se llenó de alegría? Hay que suponer que sí, claro está. Sus primeras palabras, sin embargo, suenan a reproche: “¿Por qué te has portado así con nosotros, hijo mío? Nosotros buscándote angustiosamente durante tres días por todas partes, y tú tan tranquilo ahí como si nada tuvieses que ver con nosotros”. A algo de eso suenan las palabras de la Madre: un desahogo emocional. La respuesta del adolescente fue extraña, misteriosa y distante, como si dijera: “yo no tengo nada que ver con ustedes, de ahora en adelante mi Padre es mi Madre. Él es mi única ocupación y preocupación. A Él debo dar cuenta de mis pasos y de mis días… ¿No sabían esto? ¿Por qué se extrañan? ¿Por qué me buscaban?” Y el evangelista dice que la Madre no entendió la respuesta. ¿Qué es lo que no entendió? ¿Las palabras? Estaban bien claras. Lo que no entendió fue la actitud del niño. Señal evidente de que la Madre no sabía todo lo que nosotros sabemos de aquel hijo de sus entrañas. Pero he aquí la grandeza de la Madre. Como de costumbre aún en estas circunstancias, se retira humildemente y llena de paz, comienza a meditar en su corazón, a dar vueltas en su mente… “¿Qué querrán decir estas palabras? ¿Cómo habrá que interpretar todo esto? ¿Dónde está la voluntad de Dios? ¿Qué pasa aquí?”

Si el Evangelio no nos lo dijera yo no podría creer que pudiera haber en este mundo una mujer en las circunstancias descritas en que Ella estaba, devorada durante tres días y tres noches por la incertidumbre y la angustia, corporalmente agotada, sin alimentarse ni descansar convenientemente, habiendo recibido aquella respuesta que la dejó desconcertada. En medio de todo eso, retirarse, y llena de serenidad, silencio y dignidad, dar vueltas en su mente buscando el significado de las palabras y de las actitudes. Si el Evangelio no nos lo dijera, no se podría creer. El corazón de esta mujer estaba muerto. Ésta es la única explicación de esta estabilidad envidiable y admirable de esta Madre. El corazón de esta mujer estaba muerto. Muerto al amor propio. Aquel corazón era como un tronco seco, ustedes toman el hacha, dan un terrible hachazo y el tronco no responde, está muerto. Así era el corazón de la Madre.

Ya saben de dónde nos vienen a nosotros nuestras reacciones infantiles y actitudes desproporcionadas: del hecho de estar nosotros morbosamente adheridos a esa tirana de la casa que se llama “la imagen de sí mismo”. Esa imagen artificial y aureolada que desde niños nos hacemos de nosotros mismos, que no es la imagen objetiva de mí mismo sino un fuego fatuo, ilusión inflada, una mentira dorada por la cual nos desvivimos, luchamos y sufrimos, según los vaivenes de la vida, según sea esa imagen aplaudida o rechazada. Así suben y bajan nuestras euforias y depresiones y así surgen nuestras grandes inestabilidades emocionales. Nosotros sí, la Madre, no.

La Madre no tenía “yo”, esa imagen aureolada y artificial. La Madre era una mujer despojada, desapropiada, desnudada, vacía, esencialmente pobre y humilde. Y ya saben ustedes qué significa en la Biblia una pobre de Dios: una pobre de Dios es aquella mujer que no se siente con derechos. Y si la ofensa es la lesión de un derecho, a una mujer que se siente sin derechos ¿qué la puede ofender? A aquella que nada tiene y nada quiere tener ¿qué la puede perturbar? Por eso digo que no habrá en el mundo emergencias dolorosas, situaciones imprevisibles que puedan herir, golpear, desconcertar la estabilidad psíquica de una pobre de Dios como María. En resumen, diré que una pobre de Dios es una mujer invencible. No habrá nada en el mundo, nada que pueda perturbar la fortaleza de la Madre. Esa criatura excepcional que aparece en los Evangelios con control absoluto de sus nervios, señora de sí misma antes de ser señora nuestra, indestructible ante las adversidades, esa figura es hija de una espiritualidad, la espiritualidad de los anawin, es decir, los pobres y humildes de Dios, el pequeño resto de Israel.

“Arcángel Gabriel, yo no soy sino una sierva del Señor, que Él haga de mí lo que quiera”. Si de María no supiéramos otra cosa que estas palabras, sabríamos el comportamiento general de la Madre, sus actitudes, reacciones y modales… de alguna manera, su vida entera. No son pues, esas palabras, cualesquiera palabras. Por ellas la Madre se declara, se califica y se clasifica en el pueblo de los pobres y humildes de Dios de la Biblia. Declara su identidad: “Arcángel Gabriel, no soy sino una sierva del Señor, que Él haga de mí lo que quiera.” Así comprendemos aquella serenidad y elegancia de la Madre, aquel mantenerse digna e indestructible frente a los vaivenes a veces furiosos entre los que le tocó vivir.

Impresionante por otra parte el paralelismo entre la espiritualidad de la Madre y la espiritualidad del Hijo. La misma palabra que utiliza la Madre para resolver su destino, el de la maternidad divina, la misma palabra utiliza el Hijo para decidir su destino de redentor del mundo: la palabra “hágase”. La Madre en la Anunciación y el Hijo en Getsemaní. La misma identidad personal que se da la Madre, se da también el Hijo. La Madre dice: “Ángel Gabriel, yo no soy sino una sierva del Señor”; y el Hijo dice:”Aprendan de Mí que soy pobre y humilde de corazón.”

Sensible y observador como era, Jesús cuando tenía 5, 7, 8 años debió quedar impresionado una y otra vez al observar a aquella mujer su propia Madre, dueña de sus nervios, enteramente estable ante las emergencias de la vida, silenciosa, digna en todo momento. Para mí es indiscutible que Jesús mamó esta espiritualidad hecho cuerpo y vida en su propia Madre. Las raíces de Jesucristo como Hijo del hombre, sus ancestros inconcientes, están alimentados de aquella espiritualidad tan intensamente vivida por su madre y observada por su hijo pequeño, desde pequeño, porque una espiritualidad no sólo es una actitud espiritual sino un estilo personal que compromete toda la conducta y toda la personalidad. Dándose cuenta o sin darse cuenta, Jesús fotografió a su Madre en el sermón de la montaña. ¿Por qué digo esto? Porque todas las características existenciales de las bienaventuranzas coinciden asombrosamente con las modalidades y conducta general con las que la Madre aparece revestida en todo momento. Para mí es indiscutible que el Evangelio nació en el corazón de María, pasando, naturalmente, por el corazón de Jesús. Pero las raíces del Evangelio están en el corazón de María.


El acto de fe más alto que se ha hecho en la historia de la salvación lo realizó la Madre al pie de la cruz. El Concilio dice: María mantuvo resueltamente el “hágase” en el calvario, como queriendo decir que donde más le costó a María decir el “hágase” fue en el calvario. Que si hubo un serio tropiezo para la estabilidad de la fe de María estuvo efectivamente en el calvario. Para entender esto, unas preguntas: ¿Sabía la Madre todo lo que nosotros sabemos acerca del significado mesiánico de lo que estaba sucediendo en esa tarde ante sus ojos? Aquel significado trascendente, teológico que el Espíritu Santo nos enseñó a partir de Pentecostés, es decir, aquel cuerpo retorcido con la boca abierta, sin poder respirar, un cuerpo negro por los coágulos de sangre, una tarde prematuramente oscura y aparentemente siniestra y total, parecía que aquí acababa todo. Nosotros sabemos que aquí comenzaba todo. ¿Sabía esto la Madre? Otra pregunta: Y si María sabía todo esto su mérito ¿era mayor o menor? Si María sabía que cada gota de sangre era sangre redentora, que si perdía al Hijo lo recuperaría resucitado al tercer día. No era difícil aceptar todo aquello. ¿Por qué lloraba aquel grupito de mujeres cerca de la cruz? Porque creían que aquí acababa todo. Para todo el mundo: amigos y enemigos de Jesús, lo que estaba sucediendo en el calvario era la última escena de una tragedia griega. Aquí se acababa todo. ¿Sería tan evidente para María que allí comenzaba todo? María no era un robot insensible, era una persona normal, sensible a lo que sucede a su derredor.

 ¿Qué veía la Madre con sus ojos en ese momento? A todos los enemigos de Jesús, ahí los veía radiantes, felicitándose porque habían aniquilado a su peor enemigo; a sus discípulos fugitivos, todos ellos espantados, escondidos, a las mujeres llorando inconsolablemente y peor que eso, una sensación ambiental deprimente de tragedia y horror por todas partes, eso era lo que se respiraba. Y en medio de ese ambiente de horror ahí está la Madre. No eran circunstancias para soñar en grandezas. Pues bien, fue en este contexto donde la Madre realizó el acto más grande de fe que se ha hecho en la historia de la salvación, más alto inclusive que Abraham en el monte Moriah y consistió en lo siguiente: Presentándose pues la Madre delante de ese escenario de horror y tiniebla vino a decir: “Mi Señor, un día me dijiste que éste, mi Hijo, sería grande y aquí acaba como un criminal. Un día me dijiste que su reino no tendría fin y aquí, delante de mis ojos, ha sido aniquilado al primer golpe. Un día me dijiste que se llamaría Hijo del Altísimo y aquí lo han comparado con Barrabás y lo han encontrado más detestable que Barrabás. Todas las palabras que me dijiste un día han sido desmentidas, una por una por la barbarie de esta tarde. Tengo todos los motivos para pensar que yo fui siempre una víctima de mis propias alucinaciones. No veo nada. Todo es horror y tiniebla a mi derredor. Pero en medio de esta tiniebla brilla para mí, sin embargo, Mi señor, una estrella. El Yo saber que para Tí no existen imposibles, mi Señor. Tú pudiste haber evitado todo esto. Si Tú pudiste haber evitado todo esto y no lo evitaste, es señal de que lo has permitido. Ahora bien, mi Señor, si Tu voluntad anda por los pliegues de esta barbarie porque lo has querido, dispuesto o permitido, he aquí a tu pobre sierva que no tiene derechos ni siquiera para protestar ante tanta injusticia. He aquí a tu pobre sierva para decirte en esta tarde: Mi Señor, no veo nada, pero todo está bien. Esto es un horror para todos, pero si Tú lo has permitido, estoy de acuerdo con todo. Hágase Tu voluntad. Hágase Tu voluntad.”

María mantuvo resueltamente el “hágase” en el calvario. Estaba evidente y estridente ante la opinión pública y ante los ojos de María también que todo lo que estaba sucediendo era una confabulación miserable de todos los miserables de la tierra. A los romanos le interesaba agradar a los judíos, a los judíos les interesaba acabar con Jesús. Reacciones sicológicas de un tipo resentido como Caifás; de un tipo timorato como Pilatos; intereses políticos, combinaciones imperiales, reacciones sicológicas… todo se confabuló para expulsar al Justo de la tierra de los vivientes. Esta era la única explicación que estaba evidente y estridente ante la opinión pública y ante los ojos de María también. La Madre cerró los ojos ante aquellas evidencias, trascendió todo, clavó sus ojos de fe en aquel que está detrás de los acontecimientos y en cuyas manos están los hilos de la historia, depositó en esas manos un cheque en blanco, un voto de confianza, en esas manos reclinó también su cabeza, repitió una y otra vez la mágica palabra “hágase”, la palabra de los pobres y humildes de Dios y quedó más grande y más reina que nunca. Según las palabras de Juan, cuando dicen: “junto a la cruz de Jesús, estaba de pie Su Madre. Ni gritos, ni histerias, ni desmayos, ni contorciones, nada. Mater dolorosa, sí. Mater lacrimosa con todos aquellos desmayos y llantos no lo creo, de ninguna manera, primero, porque conocemos su personalidad emergente de su espiritualidad, y enseguida porque las palabras de Juan no dan pie para imaginar esos teatros, desmayos e histerias. “Junto a la cruz de Jesús estaba de pie Su Madre”. Nunca tan grande porque nunca tan pobre, y en medio de la furiosa tempestad supo mantener en alto la antorcha de la fe, su “hágase”; por eso la Madre puede presentarse ante nosotros diciéndonos:



“Hijos míos, vengan detrás de Mí, yo recorrí esos caminos en noches oscuras y noches sin estrellas. Hagan también ustedes lo que yo hice, abandónense en silencio al silencio de Dios, y habrán derrotado el miedo, la oscuridad y la noche. Y bienaventurados aquellos que en medio de la oscuridad creyeron en la Luz.”

María avanzó en la peregrinación de la fe. María mantuvo resueltamente el “hágase” en el calvario. He ahí la mujer de fe.

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