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Oración de Salida y Quietud






8. Salida y quietud

En este ejercicio se pronuncia mentalmente o en voz suave alguna expresión (que más tarde señalaré).

Apoyado en la frase, el yo sale hacia el TU. Al asumir y vivenciar el significado de la frase, ésta toma tu atención, la transporta y deposita en un TU. Hay, pues, un movimiento o salida. Y así, todo yo queda en todo TU. Queda fijo, inmóvil. Hay, pues, también una quietud.

Quiero decir: no debe haber movimiento mental. Es decir, no debes preocuparte de entender lo que la frase dice. En todo entender hay un ir y venir. Nosotros, ahora, estamos en adoración. No debe haber, pues, actividad analítica.

Al contrario; la mente, impulsada por la frase, se lanza hacia un TU, quieta y adherida, admirativamente, contempladora posesivamente, amorosamente. Por ejemplo, si dices "Tú eres la Eternidad Inmutable" no debes preocuparte de entender o analizar cómo y por qué Dios es eterno, sino mirarlo y admirarlo estáticamente como eterno.

Después de silenciar todo el ser, haz presente en la fe a Aquel en quien existimos, nos movemos y somos.

Comienza a pronunciar las frases en voz suave. Trata de vivir lo que la frase dice hasta que tu alma quede impregnada de la sustancia de la frase.

Después de pronunciarla, quédate en silencio unos treinta segundos o más, mudo, quieto, como quien escucha una resonancia, estando la atención inmóvil, compenetrada posesivamente, identificada adhesivamente con la sustancia de la frase, que es Dios mismo.

En este ejercicio tienes que dejarte arrebatar por el TU. El "yo" prácticamente desaparece mientras que el TU domina toda la esfera.

He aquí unas cuantas expresiones que pueden servir para este ejercicio:

Tú eres mi Dios.
Desde siempre y para siempre Tú eres Dios.
Tú eres eternidad inmutable.
Tú eres inmensidad infinita.
Tú eres sin principio ni fin.

Estás tan lejos y tan cerca.
Tú eres mi todo.
Oh profundidad de la esencia
y presencia de mi Dios.

Tú eres mi descanso total.
Sólo en Ti siento paz.
Tú eres mi fortaleza.
Tú eres mi seguridad.

Tú eres mi paciencia.
Tú eres mi alegría.
Tú eres mi vida eterna,
grande y admirable Señor.


Oración de Quietud

La Oración de Quietud o del Silencio es considerada por los escritores, dentro de la teología mística, como un grado o forma de contemplación. Debe ser, por tanto distinguida de la meditación o de la oración afectiva. Tiene un lugar intemedio entre ésta última y la oración de la unión. Tal y como su nombre lo refiere, en la oración del silencio es en la cual el alma experimenta un grado extraordinario de paz y descanso, acompañada del placer de la contemplación de Dios.

En esta oración, Dios brinda al alma un conocimiento intelectual de Su presencia y la hace sentir en una real comunicación con El, aún cuando El puede hacer esto de una manera un tanto obscura.

La manifestación característica de la oración aumenta a medida que la unión con Dios llega a alcanzar grados superiores. Este místico regalo no puede ser adquirido debido a que es algo sobrenatural.

Es Dios mismo quien manifiesta su presencia al alma. Esta forma de sensación es diferente a como se obtiene la fe, aunque la misma es fundada en la fe.

Este regalo se emplea en cada grado de contemplación. De conformidad con Scaramelli, el oficio de este regalo, al menos con cierto grado, es una mayor manifestación de Dios en la medida en que esta dádiva divina es más abundante.

Algunos autores indican que no es para ser entendida como un regalo o dádiva ordinaria, como la sabiduría.

Esta última está directamente conectada con la santificadora gracia y es poseída por cada hombre, sino que es sabiduría como manifestación del carisma o de las gracias extraordinarias del Santo Espíritu. La misma se da a almas privilegiadas.

Al principio, la oración del silencio es concedida de vez en cuando y solamente durante algunos minutos.

Esta oración toma lugar cuando el alma ha arribado a un estado de la oración de la recolección y silencio tal cuya condición algunos autores llaman oración de la simplicidad. Los grados de oración no son estados definitivos en el sentido de excluir o revertir otros niveles o estados de oración.

En ocasiones ocurre que la oración del silencio llega a ser no sólo frecuente sino también habitual. En estos casos, la misma ocurre no solamente cuando se da el tiempo de oración, sino cada vez que el pensamiento de Dios se representa en si mismo. Aún en las condiciones enunciadas, la oración del silencio es sujeta a interrupciones y alteraciones de intensidad, algunas veces de manera fuerte y otras de manera débil.

La oración del silencio no impide enteramente el ejercicio de otras facultades del alma. La voluntad en si, permanece cautiva. El intelecto y la memoria aparecen teniendo gran actividad para las cosas de Dios en este estado, pero no así para las cosas mundanas.

Pensamientos de este último tipo pueden escaparse de los linderos de la restricción, pero permanecen como inútiles y al final existe una atracción de la voluntad a la presencia de Dios. De esta manera continúa el deleite, no de manera total en una forma pasiva, sino dentro de la capacidad de obtener fervientes aspiraciones y afectos.

En cuanto a los sentidos corporales, San Francisco de Sales nos dice que las personas, durante la oración del silencio pueden escuchar y recordar cosas que son dichas cerca de ellos. Citando a Santa Teresa, indica que ocurre cierto tipo de superstición en el sentido de que estamos temerosos aún de toser o de respirar, a fin de evitar movimientos corpóreos que hagan evitar el estado que se ha logrado. Dios, quien es el autor de esta paz, no nos la priva aún con inevitables movimientos del cuerpo o con involuntarios escapes de imaginación. Los frutos espirituales son:

· Paz interior, la que continúa aún luego de la oración, · profunda humildad, · aptitud y disposición para los deberes espirituales, · luz divina del intelecto, y · estabilidad de la voluntad dentro de la bondad.

Es por medio de estos frutos, que los verdaderos místicos pueden ser distinguidos de los falsos místicos.

Santa Teresa, El Camino de la Perfección; IDEM, El Castillo Interior; San Juan de la Cruz, La Noche Obscura del Alma; IDEM, Ascenso al Monte Carmelo; San Francisco de Sales, Tratado sobre el Amor de Dios; Poulain, Las Gracias de la Oración Interior (Londres, 1910).

A. DEVINE Trascripción de Paul T. Crowley Dedicada a la Madre Mary Francis, PCC, Madre Abadesa, Monasterio de las Carmelitas Pobres de Nuestra Señora de Guadalupe, Roswell, NM, y a la Sra. Frances Martini, OCDS Traducción de Giovanni E. Reyes.


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